El anillo de
oro
inteligencia colectiva y propiedad intelectual
par Pierre Lévy
traduction
castillane de L'anneau d'or : intelligence collective et
propriété intellectuelle, Multitudes 5 : mai 2001, Mineure : agencements subjectifs posés sur
l'Internet
Pensar
a un tiempo, con los mismos conceptos, la inteligencia colectiva y la economía
del conocimiento, tal es el proyecto teórico que sostiene este artículo. Dentro
del cuadro general, quisiera sugerir que el capitalismo informacional que se
inventa hoy día en la cybercultura se dirige hacia una cierta forma de
comunismo, pero un comunismo paradójico, puesto que no excluiría la propiedad
privada del principal medio de producción contemporáneo : la idea. El
conocimiento humano deviene el principal factor de producción de riquezas,
mientras que los servicios e informaciones que engendra tiende a convertirse en
los bienes esenciales cambiados en el mercado. Continuamos y se continuará
siempre vendiendo y comprando objetos materiales. Pero las mercancías
ponderosas se producen a partir de ideas, que vienen ellas mismas de procesos
de búsqueda y de desarrollo. Ellas manifiestan estilos estéticos que
contribuyen intrínsecamente a su valor, e incorporan agenciamientos complejos
de competencias entre colaboradores, proveedores, socios y consumidores ;
cristalizan toda una coordinación compleja. Su coste implica pagos periódicos
sobre patentes y derechos de autor, gastos de formación, de marketing, de
publicidad, de comunicación, etc. La materia se sobrecarga de información. Las
cosas son acumuladores de conocimientos.
El uso de una información no la destruye, y su cesión no hace que quien la
tenía la pierda. Añadamos a esto que la extensión del cyberespacio vuelve todos
los signos virtualmente omnipresentes en la red, disminuyendo notablemente su
coste de reproducción o de acceso. Desde ese momento, el postulado de la
escasez de bienes pierde su pertinencia, lo que cuestiona los fundamentos de
las teorías clásicas, y debe animarnos a imaginar nuevas formas de pensar los
fenómenos económicos. Es por esto que, sin excluir otras aproximaciones, propongo aquí
afrontar el capitalismo informacional como la forma que toman hoy día los
fenómenos cognitivos a escala colectiva. En esta perspectiva, la
economía devendría (con la antropología, la filosofía, la psicología social, la
robótica social, la vida artificial, la ecología, la teoría de los juegos,
etc.) una de las disciplinas concurrentes a la comprensión de la inteligencia
colectiva. Entre los hechos que me animan a seguir esta línea de pensamiento
quisiera señalar que las empresas de la llamada « nueva economía »
obtienen la mayoría de sus rentas de servicios intelectuales, copyrights,
licencias y patentes. Su actividad cotidiana consiste en un arriesgado proceso
de aprendizaje y de búsqueda colectiva. Su posición es de mobilización de
redes, de animación de comunidades virtuales y de
concurrencia planetaria en el cyberespacio. Por otro lado, las universidades y
laboratorios públicos razonan como empresas, registran patentes, venden sus
servicios intelectuales, etc. Dicho de otro modo : existen cada vez más
semejanzas entre el trabajo en la nueva economía y la actividad de la comunidad
científica (que tiende a recuperarse), incluso con el tipo de trabajo creativo
tradicionalmente practicado por los ciudadanos de la república de las ciencias
y de las artes. Esto no significa, en absoluto, que el mundo del trabajo se
transforme en paraíso, sino que el trabajo cambia de naturaleza al hacerse
progresivamente más creativo, intelectual, relacional, virtual, problemático...
y, de este modo, quizá más « difícil ».
Me
gustaría presentar ahora el triángulo creador de lo que parece ser la dinámica
común de la inteligencia colectiva y del capitalismo informacional (-> idea -> moneda -> información ->idea, etc).
Recuerdo que parto de esta proposición : la economía de la información
es la medida colectiva, o social, de la inteligencia. Ahora bien, la
inteligencia es sémios(1), producción de signos a partir de signos, lenguaje
inscrito en una espiral dialógica y multilógica de creación de sentido,
interpretación infinita de constelaciones de signos, ellos mismos producidos
por interpretación, deducción, inducción, abducción, derivación, señales,
traducción, cálculo, etc. Que el lenguaje, todas las formas de lenguaje y de
signos culturales no puedan desplegarse más que en un horizonte social o
colectivo, es algo que no requiere largas demostraciones. El pensamiento
colectivo no es otra cosa que la vida de los signos : sus reproducciones,
sus mutaciones, sus viajes y sus crecimientos. La esencia del signo es la de
llevar sentido, es decir, de suscitar interpretación, de relanzar la semiosis.
Pero, bien entendido, el signo no es tal sino en -o para- un espíritu o una
inteligencia. La inteligencia colectiva sería entonces el medio del signo, o
quizá su sustancia. (Normalmente se indica la cosa de manera más chata, señalando
el carácter convencional del signo.) A fin de aclarar la dimensión económica
de la semiosis (la vida del espíritu) distinguiré tres polos -o dimensiones-
del signo, y trataré de desarmar sus articulaciones y sus interacciones.
El
signo es, en principio, idea. En el plano cognitivo, la idea es una forma, es
decir, una cierta estructura de relaciones. Ella es abstracta : podemos
encontrarla, idéntica, en numerosas ocurrencias, circunstancias, ejemplares,
traslaciones, copias diferentes. Como el inventor de la idea de idea -Platón-
expusiera ya con rigor, la idea es única y estática. Virtualmente una idea (una
obra musical, una imagen, un poema, un teorema, un programa informático, etc.)
no tiene necesidad, para que la inteligencia colectiva pueda disponer de ella,
más que de estar localizable en una dirección Web. Esto no puede impedirnos el
pensar la idea como un acontecimiento, puesto que las ideas
« aparecen ». Pero la invención (o el descubrimiento, o la creación)
de una idea, constituye un acontecimiento en la eternidad. La idea pertenece a
la memoria.
El signo es también información. En el plano cognitivo, la
información surge del reencuentro entre una memoria individual (una cierta
asociación de ideas) y una idea disponible en la inteligencia colectiva. En un
tiempo y en un momento dado, el contacto con una cierta forma significante
reorganiza una memoria individual : la información. La información es
tanto más grande cuanto que el « mensaje » (la idea reencontrada) es
improbable, es decir, eficaz en la transformación de la imagen que el individuo
se hace de su entorno. La misma idea puede producir informaciones muy
diferentes, según las circunstancias y los dispositivos individuales de quienes
toman contacto con ella. La información representa, así, el movimiento efímero
del espíritu, la chispa que nace del choque de las ideas. Si la idea pertenece
a la eternidad, la información se relaciona con el instante. Así como la idea
corresponde a la memoria, es decir, a la estabilidad (relativa) y a la función
acumulativa del espíritu colectivo, la información corresponde a la percepción,
es decir, al flujo evanescente de las diferencias que engendran sin fin otras
diferencias en la vida del espíritu.
Finalmente
el signo es moneda. Sabemos ya que la moneda sirve para medir el valor de los bienes
económicos, y que funciona igualmente como equivalente general en el cambio.
Pero no nos interesa aquí la función cognitiva de la moneda. Señalemos, para
empezar, que la moneda es signo, signo convencional. Su carácter
puramente semiótico (o « virtual ») se muestra cada vez más abierto
al curso de la historia económica (lingotes de oro, moneda acuñada por la
ciudad o el reino, moneda fiduciaria, moneda imprimida, moneda sin equivalente
material, moneda electrónica...). Indiquemos seguidamente que los signos
monetarios pueden servir de traductores entre ideas, entre informaciones, entre
ideas e informaciones. Las ideas y las informaciones se venden y se compran,
tienen un precio. El dinero puede servir para explotar ideas, la información
para orientar las compras y las inversiones, etc. Existen, así, equivalencias y
circuitos que transforman las ideas y las informaciones en dinero, y viceversa.
¿Qué relaciones unen a la inteligencia y al dinero ? ¿En qué constituye la
moneda una dimensión de la cognición ? Si yo dispongo de una cierta suma
de dinero, puedo entonces comprar esto o eso, pero no esto y eso. Debo escoger,
o sea, evaluar, jerarquizar los posibles que se me ofrecen. El dinero simboliza
un cierto límite. Me obliga a hacer frente a la finitud, pero también, al mismo
tiempo, a la cuestión del bien y del mal, de lo mejor y de lo peor ; en
una palabra : a las problemáticas interdependientes del valor, de la
elección y de la libertad. Si nada costara dinero, haríamos cualquier cosa,
nada tendría sentido. El sentido no está solamente relacionado con la forma
ideal y con la novedad informacional, sino que tiene también la necesidad del
precio, del valor, de la elección, de la libertad. Ahora bien, es precisamente
a causa de nuestra finitud, de nuestra mortalidad, que las cosas tienen
« precio », y que se nos plantea la cuestión de elegir, de lo que
vale y de lo que vale menos. El espíritu no es libre sino frente a la muerte.
El dinero actualiza en la inteligencia colectiva esta libertad y esta
mortalidad. Por la inversión, el dinero figura igualmente en la apertura al
futuro y al otro, a la energía fecunda, a la excitación y al riesgo. Líbido
económica, dimensión colectiva de la energía psíquica, el dinero se invierte y se
gasta. Representa la dimensión corporal, emocional, energética, sexual, mortal,
pragmática del pensamiento colectivo, su dimensión de libertad incarnada, su
potencia. Por esta razón es « tabú », sucio, rechazado, secretamente
deseado, abiertamente adorado, objeto de todas las envidias, robos y
corrupciones.
No
existe inteligencia más que en una circulación continua entre la memoria, la
percepción y la acción. Si la idea representa la memoria de la inteligencia
colectiva, y la información su percepción efervescente, móvil y distribuida por
todas partes, entonces el dinero tiene lugar como vector de acción de la
inteligencia colectiva : por él pasa la elección, la evaluación, el
compromiso, la finitud y la responsabilidad.
Con
la idea, la información y la moneda, tenemos no sólo las tres dimensiones de la
cognición colectiva, sino también las del tiempo, que es la vida del espíritu.
La idea se mantiene en la eternidad. La información efímera se evapora,
inasible, sobre el punto del instante. En cuanto al dinero, representa la
transformación, el paso, la bifurcación, la muerte, pérdida, el nacimiento, la
fecundidad de lo virtual.
¿Cómo
se engendran, mutuamente, las tres dimensiones del signo ? La idea atrae
al dinero, que sabe que ella le permitirá reproducirse (el capital se aventura
en la búsqueda de buenas ideas), puesto que las ideas engendran dinero.
Sin
ideas, sin conocimientos, sin obras, sin imágenes, sin memoria organizada,
imposible ganar dinero. El dinero, a su vez, proporciona la energía necesaria
(en salarios, por ejemplo) para producir o buscar informaciones, para explotar
ideas. La información, para cerrar el círculo, alimenta la eclosión de ideas.
Y
si nosotros recorremos el círculo en la otra dirección, descubrimos que las
ideas (la memoria) son necesarias para la interpretación de las informaciones.
Son ellas quienes dan sentido al flujo informacional que las descompone, las
entrecruza y las reorganiza. Las ideas extienden la tela de eternidad sobre la
que toman forma todas las figuras del sentido. El dinero, por su parte, evalúa
las ideas : capitales y contratos obtenidos, subvenciones recibidas,
rentas engendradas por las patentes y derechos de autor, beneficios adquiridos
por la venta de un « producto » -ideal en su esencia- de la inteligencia
colectiva. Esta evaluación resulta de una multitud de cosas bajo coacción, de
una infinidad de acciones responsables, implicadas, y concretamente encarnadas,
del espíritu colectivo. He aquí este famoso « mercado » tan
detestado, juez inmanente de las ideas, expresión desnuda del deseo -y
escandalosa como deseo- de la inteligencia colectiva. Finalmente, la
información representa el sistema perceptivo de la inteligencia colectiva. Ella
origina el dinero, indicando a la energía monetaria sus puntos de aplicaciones
posibles : ¿Dónde consumir ? ¿Dónde invertir ? Y de la ola
informacional fecundada por la potencia de la libertad, emergen las ideas, que
suben hacia el cielo inteligible de la noosfera como las estrellas de un
universo en expansión.
Examinemos
ahora la cuestión de la propiedad en la economía de la información. Y, para
comenzar, la misma información (en el sentido riguroso que he tratado de darle
más arriba) ¿puede ser objeto de apropiación ? La respuesta,
evidentemente, es No. La información, al pertenecer al orden del
acontecimiento, situado y dado, en contexto, forzosamente indisociable de una
subjetividad, puede, sin duda, cumplir el papel de un servicio remunerado (de
formación o de consejo, por ejemplo), pero no de algo de lo que se es dueño,
hablando con propiedad. No podemos ser propietarios del momento de un proceso.
La « disminución de incertidumbre » de la teoría de la comunicación
es, por naturaleza, absolutamente transitoria y singular. Yo podría invocar la
propiedad de este texto, no de la información que ustedes saquen de él. Veamos
ahora el caso del dinero. La moneda pertenece al Estado, pero también a las
personas físicas o morales que la cambian, la acumulan, la invierten, etc. La
moneda no funciona como tal más que porque su propiedad es a un tiempo
absolutamente pública y completamente privada, enteramente personal y
totalmente circulante, sin olor, reciclable, blanqueable, imponible... Así como
la información es inapropiable - por demasiao volátil - y el dinero
simultaneamente privado y público, la idea, en lo que a ella se refiere, puede
ser o bien privada, o bien pública. La información no pertenece a nadie ;
« se produce ». El dinero es de todo el mundo y pasa por alguien. La
idea viene de alguien y pasa a todo el mundo. Que no venga de alguien sino
mediante una conexión en el espacio meta-personal del espíritu, eso es otra
historia.
El principal medio de producción, desde la revolución neolítica hasta la revolución
industrial, ha sido la tierra. A partir de la revolución industrial eran las
instalaciones técnicas, las fábricas, las máquinas (incluidas las máquinas
agrícolas) lo que permitía producir en masa los bienes que se vendían en el
mercado. Desde hace algunas decenas de años, y probablemente cada vez más en el
futuro, los principales medios de producción serán las ideas. De algún modo,
las ideas constituyen una suerte de territorio intelectual a partir del cual se
producen las principales riquezas, exactamente como la tierra desde hace 10 000
años hasta el fin de la Edad Media. Es más importante hoy día tener un título
de propiedad sobre alguna canción de éxito, sobre un software, sobre una
molécula o una simiente genéticamente modificada que sobre una parcela de
tierra. La vida económica contemporánea enraiza en el mundo de las ideas. Es
por esto que el tema de la propiedad intelectual adviene al primer plano de la
actualidad. Al final de este artículo esbozaré la tesis según la cual el
capitalismo informacional tiende hacia una cierta forma de comunismo. Pero no
creo que ese inesperado comunismo pueda fundarse sobre una propiedad colectiva
integral de las ideas, esto es, de los medios de producción contemporáneos. En
efecto, la experiencia histórica muestra, primeramente, que la propiedad
intelectual colectiva - o estática - integral y obligatoria de los medios de
producción se encuentra casi siempre asociada a la negación de la libertad y de
la responsabilidad individual como libertades políticas. Además, favorece menos
que la propiedad individual el crecimiento y la prosperidad general. Por el
contrario, cuando se escoge libremente, la propiedad colectiva puede revelarse
al mismo tiempo productora y liberadora : monasterios o kibutz para la
tierra, cooperativas para las fábricas, comunidad científica o
software libre para las ideas, etc.
Por
otro lado, conviene recordar que la propiedad individual garantizada por la ley
es una preciosa conquista histórica que no existía en las diferentes formas de
« despotismos orientales », y que no está asegurada en los regímenes
feudales o totalitarios. La propiedad intelectual es reconocida por las
diferentes declaraciones de los derechos del hombre, en las legislaciones de
los países más democráticos. Que la protección de la propiedad privada favorece
a los propietarios, de ello no duda nadie. ¿Pero las desigualdades así
inscritas en el derecho no son preferibles a una situación en la que la empresa
privada, a saber, el nervio de la innovación y de la diversidad de la oferta
económica, se desaliente ? Compárese la situación de Corea del Norte con
la de Corea del Sur.
Interesémonos
ahora más particularmente en la propiedad intelectual. Patentes y derechos de
autor, de los que la definición precisa data tan solo del siglo XVIII,
representan grandes progresos en la historia del derecho, así como en la
historia económica, no solamente porque protegen y alientan a los creadores,
sino también porque al hacer entrar la idea en el circuito económico,
transforman de manera radical la naturaleza misma de la economía. Hoy día
apenas comenzamos a comprender la profunda naturaleza de esta transformación.
La propiedad intelectual difiere de otros tipos de propiedad de los medios de
producción. En el caso de las ideas, en efecto, la propiedad se ejerce sobre
porciones de un territorio indefinidamente extendido, y no sobre un recurso
finito - como en el caso de la tierra - o difícilmente extensible, como en el
caso de los medios de producción materiales. El mundo de las ideas es infinito.
Y jamás será completamente descubierto, descifrado, balizado, conquistado,
cartografiado... y apropiado. A la extensión virtualmente infinita de sus
objetos posibles, la propiedad intelectual añade otra característica : su
carácter temporal. Tanto patentes como derechos, al cabo de algunas decenas de
años, terminan por caer en eso que llamamos « el dominio público ».
Así, los creadores de ideas no permanecen propietarios (ni ellos ni quienes han
comprado sus derechos) más que por un tiempo limitado. Xeros no recibe más
derechos de autor sobre el procedimiento de la copia en papel normal. Yo puedo
cantar un poema de Victor Hugo sin pagar derechos a sus herederos. Tarde o
temprano, las ideas acaban por reunirse, gracias a la memoria común de la
inteligencia colectiva, la herencia de la humanidad. De este modo, las ideas no
son apropiadas ni apropiables más que en la zona en la que precisamente el
campo intelectual se dilata -con la frontera- sobre este límite de conocido y
desconocido, en el que la fuerza de cuestionamiento, la energía creativa y la
potencia financiera alcanza su punto más vivo. Podemos representarnos el mundo
de las ideas como un plano infinito sobre el que se extiende un anillo. En el
interior del anillo : el patrimonio común de la humanidad ; en el
exterior, la apertura, la trascendencia, la intotalizable totalidad de aquello
que aún no ha sido imaginado, demostrado, creado, concebido ni formulado- la
interpelación, la pregunta, la vida. Ni el interior ni el exterior son
apropiados. El anillo móvil, como la albura del árbol, atrae a la savia
energética, afectiva, intelectual y financiera. El mundo de las ideas crece
gracias a este anillo vivo - la inteligencia colectiva en acto - que se dilata
hacia la trascendencia. Es también en este anillo, y únicamente en él, en donde
se aplica la propiedad intelectual, atrayendo y redistribuyendo los flujos
financieros, canalizando el trabajo y la atención, para mayor beneficio
(simbólico y financiero) de quienes personalmente han invertido... pero finalmente
en beneficio de todos.
El
razonamiento siguiente : « Puesto que los signos son numerizables,
esto es, ubicables en la red, pertenecen a todo el mundo » no me parece
convincente del todo. La propiedad no sirve únicamente a los intereses de los
poderes (aunque también lo hace, por supuesto), también juega un papel esencial
en la economía de la inteligencia colectiva. Es bueno que un circuito virtuoso
venga a alimentar, a su término, las zonas del espíritu colectivo que produce
los mejores frutos. Pero si la finalidad última es la vitalidad de la
inteligencia colectiva, la potencia de expansión de su corona de oro, la
propiedad intelectual clásica puede, a veces, no constituir la mejor solución. En
ciertos casos, una renuncia voluntaria a la apropiación de las ideas
(de los nombres, de los textos, de las imágenes, de las músicas, de los
programas, de los métodos técnicos, etc.) puede permitir a las ideas producir
más sentido y acontecimientos en la inteligencia colectiva. Incluso puede
ocurrir que un autor, un científico o una información célebre, por ejemplo, se
transforme entonces ello mismo en idea, en icono. Esta renuncia voluntaria
constituye la regla para los científicos que trabajan en laboratorios públicos
sobre cuestiones fundamentales. En el mundo del software libre, la
no-apropiación -debidamente reglamentada- permite, a todos aquellos que lo
deseen, mejorar los programas. También el uso en la comunidad de músicos y DJ's que trabajan a partir de muestras.
Igualmente podría citarse el « copyleft », inspirado en el software
libre, que se difunde en medios de artistas. Dicho de otro modo : redes de
cooperadores pueden decidir -voluntariamente- dejar el producto de su trabajo intelectual
en el dominio público, para que eso acelere el proceso de la creación y de la
inteligencia colectiva. Pero hay que señalar que estas decisiones, de grupos o
de individuos, son voluntarias, y que suponen la existencia
previa, disponible, garantizada por la ley, de la propiedad intelectual. El
caso de Napster es diferente de los que acabamos de evocar, porque ese
dispositivo no favorece necesariamente la creatividad colectiva, y no
viene de una decisión voluntaria de los creadores. Las
prácticas de mutualización de los recursos informacionales, ciertamente
prometen un gran futuro, pero bajo formas probablemente diferentes de las que
hemos visto desarrollarse en los últimos años. No soy nada original si digo que
será necesario encontrar medios de remunerar a los creadores.
Si
el capitalismo informacional conduce a una cierta forma de comunismo, ello no
es, a mi modo de ver, porque renunciaría a la propiedad privada de los medios
de producción, es decir, a la propiedad intelectual, que deviene hoy día la
fuente principal de la riqueza. Mucho menos porque se eliminaría el dinero.
¿Cuáles son entonces los argumentos que me hacen defender la tesis de una
aproximación del capitalismo informacional a un cierto ideal de comunismo ?
Me contento con lanzar aquí algunas pistas con las que concluir este artículo,
reservándome guardar estas ideas para desarrollarlas en una obra futura sobre
la teoría del capitalismo informacional.
1. Gracias al
cyberespacio, los conocimientos que están en el dominio público jamás han
estado tan accesibles y utilizables como hoy día, y a un costo tan bajo. Toda
idea colgada en cualquier parte de la red es inmediatamente legible en todas
partes, y conectable desde cualquier otra. La libertad de expresión, de
comunicación y de asociación crecen a ojos vista. La cybercultura favorece el
diálogo, la cooperación, los cambios transversales de todo tipo, una suerte de
« comunismo de la inteligencia » que perfecciona una inteligencia
colectiva en camino, desde el surgimiento del lenguaje.
2. La transparencia del cybermercado nos permite orientar la economía,
escogiendo los productos que mejor corresponden a nuestros criterios éticos,
ecológicos, políticos y sociales. Esta misma transparencia nos autoriza
igualmente a invertir en empresas que siguen reglas medioambientales, sociales
y deontológicas aceptables. Combinados con el aumento del accionariado popular,
y con el juego de bolsa a pequeña escala y en línea, los movimientos
convergentes de la inversión socialmente responsable y del consumo consciente
pueden conducir a una verdadera apropiación colectiva de la máquina económica,
pero una apropiación que, en vez de negarlas, tendría como base la propiedad
individual y la responsabilidad personal.
3. El capitalismo informacional parece dirigirse hacia el establecimiento
de reglas de juego según las cuales las más competitivas son precisamente las
más cooperativas.
4. Se tiende a preferir la paz democrática a la guerra, a la miseria y a
las dictaduras, poco propicias a la prosperidad. Se favorece el reforzamiento
de una escala de gobierno mundial que estará probablemente controlado por una
forma u otra de cyberdemocracia abierta y participativa.
Es
a nosotros a quienes nos toca favorecer las tendencias más positivas, que se
abren paso en la cultura contemporánea, según nuestra situación, a nuestra
manera personal, con cada uno de nuestros actos.
1.
Sobre el tema de la semiosis y de sus nuevas condiciones en la cibercultura
véase la notable obra de Jean-Pierre Balque Contextes de l'art numérique, Hermes, París, 2000