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Pensar y vivir de otro
modo.
Propuestas
Tony Negri – Félix Guattari
El resentimiento,
la repetición vacía, el sectarismo son las modalidades
en que vivimos las esperanzas traicionadas por el movimiento obrero
tradicional. No por ello renegamos de la historia de las luchas;
es más, por el contrario, la exaltamos porque forma parte
integrante de nuestras coordenadas men-tales y de nuestra sensibilidad.
Aunque fuéramos enanos so-bre los hombros de los que fueron
gigantes, queremos asumir tanto los frutos como los aspectos deplorables
de su herencia. De todos modos, queremos ir más allá.
Reanudándonos con las raíces humanas del comunismo,
queremos volver a las fuentes de la esperanza, es
decir, a un «ser para», a una intenciona-lidad
colectiva, dirigida al hacer antes que a un «ser contra»,
estibado en los ritornelos impotentes del resentimiento.
Es en la historia real donde queremos explorar y experi-mentar la
multitud de universos de lo posible que nos incitan por todas partes.
¡Que broten mil flores en el terreno que la destrucción
capitalista pretende minar! ¡Que mil máquinas de vida,
de arte, de solidaridad y de acción barran la arrogancia
estúpida y esclerótica de las viejas organizaciones!
Qué im-porta si el movimiento tropieza con su propia inmadurez,
con su «espontaneismo» - al final su potencia de expresión
se verá reforzada. Sin darse cuenta siquiera, y pese a la
amplitud de los movimientos moleculares que le agitan, las líneas
de cris-talización organizativa que se ponen en marcha se
orientan en el sentido de las nuevas subjetividades colectivas.
«Que broten mil flores, mil máquinas de lucha y de
vida» no es una consigna de organización y, mucho menos,
una pré-dica de iluminado, sino una clave analítica
de la nueva subje-tividad revolucionaria, un dato a partir del cual
se podrán re-cobrar las características sociales y
las dimensiones de singu-laridad del trabajo productivo. A través
del análisis de lo real se recompondrán y se multiplicarán
como instancia subversi-va e innovadora.. El enemigo se ha encarnado
en las formas actuales de mando social, mediante el aplastamiento
de las diferencias, la imposición de la lógica reductiva
del dominio. Poner de relieve la hegemonía de los procesos
de singulariza-ción en el horizonte de la producción
social constituye hoy la característica específica
de la lucha política comunista.
El desarrollo, la defensa y la expresión de las subjetivida-des
productivas mutantes, de las singularidades disidentes y de los
nuevos agenciamientos proletarios se han convertido, de algún
modo en la materia prima y la primera tarea del mo-vimiento. Esto
podrá cobrar la forma de la lucha en el frente del Welfare,
por la determinación de un rédito igualitario garantizado,
contra la miseria en todas sus formas, por la defen-sa y la
ampliación de los derechos de los alternativos, contra los
mecanismos de división corporativa... Se retomará
aquí, si se quiere, la tradición de las luchas
contra la renta, salvo que ésta ya no sólo lo
es del suelo, inmobiliaria y financiera, sino que se apoya, esencialmente,
en la articulaciones del mando capitalista y se trata por tanto
de renta política, de renta de posición en la jerarquía
de los estratos corporativos. Las nue-vas componentes subjetivas
de la producción y la revolución encontrarán
su primer campo de intervención en este registro,
que redefinirán de manera positiva como lucha de liberación
contra la esclavitud corporativista y las estructuras reaccionarias
de la producción y afirmación de los procesos de singula-ridad,
como impulso esencial de la producción social.
Esta recomposición del movimiento revolucionario impli-ca,
desde luego, inmensos esfuerzos de coraje, de paciencia, y sobre
todo, de inteligencia. ¡Pero qué progreso, ya, en rela-ción
a los períodos anteriores de lucha - incansable y a menu-do
desesperada- de los primeros grupos conscientes de esta problemática,
que sólo rara vez lograban abrir brechas en el ghetto sindical
o en el monopolio político de los supuestos partidos obreros!
También aquí, el tiempo de vida debe impo-nerse
al tiempo de la producción. En esta encrucijada se plan-teará
la segunda tarea del movimiento comunista revolucio-nario: la
organización consciente de la fuerza de trabajo co-lectiva
independientemente de las estructuras capitalistas y/o socialistas,
dicho de otro modo, la organización de todo lo que atañe
a la producción y la reproducción del modo de vida.
En efecto, una cosa es revelar las nuevas fuerzas productivas so-ciales,
y otra organizarlas desde fuera y contra las estructuras capitalistas
y/o socialistas. El desarrollo de la ciencia y de las técnicas
y su incorporación masiva en este programa de trans-formación
son condiciones necesarias, pero no suficientes. No es concebible
ninguna transformación si el conjunto del cam-po del trabajo
productivo no se ve atravesado por grandes mo-vimientos de experimentación
colectiva que rompan las con-cepciones relativas a la acumulación
centrada en el beneficio capitalista. En esta dirección
debe comprenderse la potencia de expansión de la fuerza colectiva
de trabajo. De este modo, se establecerá un doble movimiento,
que recuerda al del corazón humano, entre la diástole
de la fuerza expansiva de la producción social y la sístole
de la innovación y la reorganización radical de la
jornada de trabajo. El movimiento del proletaria-do social y de
las nuevas subjetividades colectivas debe asal-tar las empresas,
tos envites relativos la legislación sobre el tiempo de la
jornada de trabajo e imponer sus redefiniciones y su experimentación
permanente. Deben imponer, no sólo una renovación
de la producción, sino además modos innovadores de
imaginar y estudiar la producción.
Pensar, vivir experimentar y combatir de otro modo: esta
será la divisa de una clase obrera que ya no puede percibirse
con «autosuficiencia» y que tiene todo que ganar en
la renun-cia a sus mitos arrogantes de centralidad social. Apenas
se haya acabado con ese género de mistificaciones, que, a
fin de cuentas, no han hecho más que favorecer a las formaciones
de poder capitalistas y/o socialistas, se descubrirá el alcance
in-menso de las nuevas líneas de alianza que anudan "relevos"
sociales multiformes y multivalentes en el seno de las fuerzas productivas
de nuestros tiempos. Ya es hora de que la imagi-nación del
comunismo se ponga a la altura de las olas transfor-madoras que
están en condiciones de sumergir a las viejas «rea-lidades»
dominantes.
Ahora, debemos introducir algunas consideraciones en tor-no a una
primera «proposición diagramática» que
integre la definición de las perspectivas propuestas hasta
este momento. Es absolutamente obvio que todo intento de controlar,
por parte del movimiento de las nuevas subjetividades, el tiempo
de la jornada de trabajo, no sería sino ilusorio si no choca
frontalmen-te con la red de mando dispuesta por el CMI.
Atacar esta red significa poner en cuestión la relación
Este-Oeste, hacer que descarrile el mecanismo de integración
entre las dos superpotencias que ha sobrecodificado, desde los años
70 hasta hoy, todas las relaciones internacionales. La ruptura de
la relación de dominio establecida fatigosamente entre el
capitalismo y el socialismo y la inversión radical de las
alian-zas - en particular europeas- en la dirección del eje
Norte-Sur, contra el eje Este-Oeste, constituyen una base esencial
de la recomposición del proletariado intelectual y obrero
en los países capitalistas avanzados. Una base de producción
social que conquistará su independencia contra la opresión
de la jerar-quía y el mando de las grandes potencias; una
base que sólo tiene sentido si se apoya en la voluntad colectiva
de crear flu-jos y estructuras alternativas a las relaciones Este-Oeste.
No somos partidarios atrasados del «tercermundismo»,
no tenemos la pretensión de transformarlo por la vía
del «insurrec-cionalismo» tradicional; en esa medida,
no creemos apenas en su capacidad independiente de desarrollo y
de «rescate», al menos en el contexto capitalista actual.
Ninguna revolución triunfante en los países desarrollados
logró transformar de modo duradero las estructuras del Estado.
¡Es poco probable que las del Tercer Mundo lo consigan! No,
antes conviene ten-der hacia la cooperación revolucionaria
y la agregación de las fuerzas del proletariado intelectual
y obrero del Norte con la masa inmensa del proletariado del Sur
para desplegar esta tarea histórica. Todo esto puede
parecer utópico, extravagante incluso, porque hoy nosotros,
los obreros y los intelectuales de los países del Norte,
somos esclavos de la política corpora-tiva, de las divisiones
segmentarias, de la lógica del beneficio, de las operaciones
de subdivisión y de exterminio, de la obse-sión por
la guerra nuclear, tal y como se nos imponen y de las que nos hacemos
cómplices. Nuestra liberación pasa por el alumbramiento
de un proyecto y de una práctica que unifi-quen, en una misma
voluntad revolucionaria, a las fuerzas in-telectuales y al proletariado
del Norte y del Sur.
A medida que la conjunción de los procesos de singulari-dad
avance en el proyecto de reinvención del comunismo, se planteará
con mayor agudeza el problema del poder, que per-manece en
el corazón del antagonismo entre las componentes proletarias
y el Estado capitalista y/o socialista. El movimien-to obrero tradicional
pensaba que podía responder a esta cues-tión de manera
simple y radical con la conquista del poder estatal, y luego con
la progresiva extinción de este último ¡Todo
sería así de fácil! ¡Se opondría
la destrucción a la des-trucción y el terror al terror!
¡Es inútil hacer comentarios hoy sobre el carácter
ficticio y mistificador de esa dialéctica! ¡Es inútil
subrayar lo escandaloso de la referencia de los partida-rios de
semejante doctrina a la experiencia heroica de la «Co-muna
de París»!
La tercera tarea fundamental del movimiento comunista revolucionario
consiste en acabar con ese género de mistifica-ciones y en
afirmar la separación radical del movimiento no sólo
del Estado con el que se enfrenta directamente, sino, más
fundamentalmente, con el modelo mismo del Estado capita-lista y
de todos sus sucedáneos, ersatz, formas derivadas
y funciones ramificadas en todos los mecanismos del socius, a
todos los niveles de la subjetividad. A las luchas sobre el Welfare,
contra la organización del trabajo productivo y el tiempo
de trabajo social, a las iniciativas comunitarias en este terreno
se añade entonces el cuestionamiento radical del Esta-do,
como clave modeladora de las diversas figuras de la opre-sión,
como máquina de sobredeterminación de las relaciones
sociales, para reducirlas, subdividirías, someterlas radicalmente
bajo la amenaza de sus fuerzas de muerte y destrucción.
Este problema nos lleva a formular una segunda proposi-ción
diagramática del comunismo y la liberación. Atañe
a la urgencia de una reterritorialización de la praxis política.
Enfrentarse al Estado, hoy, significa luchar contra esa figura par-ticular
de Estado totalmente integrada en el CMI. A partir de Yalta, las
relaciones políticas se han vaciado cada vez más de
legitimidad territorial, han ido a la deriva hacia niveles imposibles
de aferrar. El comunismo representa la destrucción tenden-cial
de mecanismos que hacen del dinero y de los demás equi-valentes
abstractos los únicos territorios del hombre. Esto no implica
en absoluto una nostalgia de las «tierras natales»,
el sueño de un retorno a las civilizaciones primitivas o
al su-puesto comunismo del «buen salvaje». ¡No
se trata de volver a cuestionar los niveles de abstracción
que los procesos desterritorializados de producción han hecho
conquistar al hombre!
Lo que el comunismo contesta es el tipo de reterritorializa-ción
conservadora, degradante, opresiva, impuesta por el Es-tado capitalista
y/o socialista, con sus funciones administrati-vas, sus órganos
institucionales, sus equipamientos colectivos de normalización
y subdivisión, sus média, etc. La reterritorialización
operada por la praxis comunista es de naturaleza total-mente distinta;
no pretende volver a un punto de partida natu-ral y universal; no
es una revolución circular; permite «despe-gar»
de las realidades y de los significados dominantes, crean-do condiciones
que permitan a los hombres «construir su te-rritorio»,
conquistar su destino, individual y colectivo, dentro de los flujos
más desterritorializados.
(Desde este punto de vista se distinguirán muy concreta-mente:
los movimientos de reterritorialización nacional, Vas-cos,
Palestinos, Kurdos..., que asumen, hasta cierto punto, los grandes
flujos desterritorializados de las luchas del Tercer Mundo y de
los proletariados inmigrantes, y los movimientos de reterritorialización
nacionalista reaccionaria.)
Nuestro problema es reconquistar espacios comunitarios de libertad,
de diálogo y de deseo. Muchos de ellos comienzan a proliferar
por diversos países de Europa. Pero se trata de cons-truir,
contra las pseudo reterritorializaciones del CMI (ej. : la «descentralización»
en Francia, o la Europa de los Diez1) un formidable movimiento de
reterritorialización de los cuerpos y los espíritus:
Ea ropa debe reinventarse como reterritorializa-ción
de la política y como base de la inversión de las
alianzas sobre el eje Norte-Sur.
La tercera tarea del movimiento comunista revolucionario
es también, por tanto, desarticular y desmantelar las
funcio-nes represivas del Estado y de sus cuerpos especiales. Es
el único terreno en el que los nuevos sujetos colectivos
se cruzan con las iniciativas del Estado y únicamente en
la medida en que este último envía a sus «caballeros
teutones» a las tierras liberadas por los agenciamientos revolucionarios.
¡Cuánta fuer-za de amor y de humor habrá que
poner aquí en acción para que estas no se abolan,
como de costumbre, en la imagen lu-nar, mortalmente abstracta y
simbólica, de su adversario capi-talista! La represión
es antes que nada desarraigo y perversión de lo singular.
Se trata de combatirla en el terreno de las relaciones de fuerza
localizables en lo real; se trata además de deshacerse de
ella en los registros de la inteligencia, la imaginación,
la sensibilidad y la felicidad colectivas. Se trata de extraer de
todas partes, incluso de sí mismos, las potencias
de implosión y desesperación que vacían de
su sustancia a lo real y a la historia.
¡Que el Estado, por su parte, viva el resto de su vida en
el aislamiento y el cerco que le reserva una sociedad civil reconstruida!
Pero, si da muestras de salir de su «reserva» y de reconquistar
nuestros espacios de libertad, entonces respon-deremos sumergiéndolo
con un nuevo género de movilización general, de alianzas
subversivas multiformes Y esto hasta que reviente ahogado en su
furor
La cuarta tarea Aquí volvemos, y era inevitable a
la lucha antinuclear y a la lucha por la paz Solo
ahora sobre un paradigma que pone de manifiesto las implicaciones
catastróficas de la posición de la ciencia en relación
al Estado posición que presupone una disociación entre
la «legitimidad» del poder y la finalidad de la paz.
¡Qué siniestra burla, de verdad, la de los Estados
que acu-mulan millares de cabezas nucleares en nombre de su respon-sabilidad
de garantizar la paz y el orden internacional Cuan-do es evidente
que esta acumulación no podría garantizar otra cosa
que la destrucción y la muerte. Pero esta última legitima-ción
«ética» del Estado, a la que la reacción
se aferra como a un bastión, está, además,
derrumbándose, y no sólo en el plano teórico,
sino en la consciencia de los que saben o presien-ten que la producción
colectiva, la libertad y la paz son, en su movimiento, esencialmente
irreductibles al poder.
Impedir la catástrofe que el Estado trae consigo, dejando
claro hasta qué punto le es esencial. Sigue siendo cierto
que «el capitalismo trae la guerra como las nubes la tormenta».
Pero, a diferencia con el pasado, con otros medios y en un horizonte
de horror que escapa toda posible imaginación, la
perspectiva del holocausto final se ha convertido, en efecto, en
una base a partir de la cual se despliega la verdadera guerra civil
mundial, conducida por el poder capitalista y constituida por mil
guerras permanentes, purulentas, pulverizadas, contra las luchas
de emancipación social y las revoluciones molecu-lares. Sin
embargo, en este campo, como en ningún otro, nada es fatal.
Las victorias y las derrotas de las nuevas líneas de alianza
del movimiento no están inscritas en ningún caso en
una causalidad mecanicista o una supuesta dialéctica históri-ca.
Está todo por rehacer, hay que retomarlo todo constantemente.
¡Y está bien que así sea! El Estado no es más
que un monstruo frío, un vampiro de agonía interminable
que sólo saca su vitalidad de los que se abandonan a sus
simulacros.
En el 68 nadie podía imaginar que la guerra se convertiría
tan rápidamente en una horizonte tan cercano e invasor. Hoy,
la guerra ya no es sólo una perspectiva: se ha convertido
en el marco permanente de nuestra vida.
La tercera guerra mundial imperialista ya ha comenzado. Una
guerra que dura sin duda treinta años, que, precisamente
como la Dreissigjahre Krieg, ya nadie puede reconocer, aun-que
se haya convertido en el pan cotidiano de las primeras páginas
de la prensa. Este es el resultado de la reestructura-ción
capitalista y de sus furiosos asaltos contra los proletaria-dos
planetarios. La tercera proposición diagramática
del co-munismo y la liberación consiste en la toma de
consciencia de esta situación y en la asunción
de la problemática de la paz como base fundamental de los
procesos de inversión de las alianzas sobre el eje Norte-Sur.
¡Hoy menos que nunca la paz es una consigna vacía;
una fórmula de «alma bella», una ins-piración
vaga!
La paz es el alfa y omega del programa de la revolución.
La angustia de la guerra se nos mete dentro, corrompe nues-tros
días y nuestras noches.
¡Hay tanta gente que se refugia en la política del
avestruz! Pero también esa inconsciencia genera angustia.
El comunis-mo arrancará a los hombres y a las mujeres a la
bestialidad programada del CMI y les pondrá frente a la realidad
de esa violencia y esa muerte, que la especie humana puede vencer
si
logra conjugar sus potencialidades singulares de amor y ra-zón.
Y, finalmente, a estas líneas de alianza de los agenciamien-tos
productivos y de las subjetividades colectivas liberadas deberá
añadirse una quinta dimensión de la que ya
hemos hablado ampliamente -, la de la organización. Ya
es hora de pasar de la resistencia dispersa a la constitución
de frentes de lucha determinados y de máquinas de lucha que,
para ser efi-caces, no perderán nada de su riqueza, de su
complejidad, de la multivalencia de deseos que las guían.
Nos toca a nosotros trabajar por esa transición.
Resumiendo: cinco tareas aguardan a los movimientos fu-turos:
la redefinición concreta del régimen salarial; la
asun-ción del control y la liberación del tiempo de
la jornada de trabajo; una lucha permanente contra las funciones
represivas del Estado; la construcción de la paz y la organización
de má-quinas de lucha capaces de asumir estas tareas.
Estas tres tareas están «diagramatizadas»
por tres propo-siciones: contribuir a la reorientación
de las líneas de alianza del proletariado según el
eje Norte-Sur; conquistar e inventar nuevos territorios de deseo
y de acción política, radicalmente desmarcados del
Estado y el CMI; luchar contra la guerra y trabajar por la construcción
del movimiento revolucionario del proletariado por la paz.
Aún estamos lejos de haber salido de la tormenta, todo hace
pensar que el final de los «años de plomo» estará
jalonado aún por duras pruebas; pero con lucidez, sin ningún
mesianis-mo, proyectamos la reconstrucción de un movimiento
revolu-cionario y de liberación más eficaz, más
inteligente, más hu-mano, más sonriente que nunca.
Roma, prisión de Rebibbia/París, 1983-84.
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