Síntoma, su uso.[1]
Jean-Claude Polack
Revista “Chimeres”,
número 35, del invierno de 1998.
Jeremías (soltero de 35 años,
desempleado pero no empobrecido) dice “mi síntoma” o a veces “el síntoma”,
separándolo de él, individualizándolo y subrayando su autonomía. “Síntoma”
indica probablemente el carácter patológico que Jeremías le asigna a este
fenómeno, que se dirige de entrada a la medicina.
La descripción del “síntoma” es
prudente. Cuando le hago preguntas sobre su naturaleza, Jeremías es a la vez
evasivo e inquieto, a veces esta un poco irritado, como si la denominación
“síntoma” y el movimiento de mirar hacia su entrepierna debiera bastar para
calificar eso de lo que habla, el objeto o el sujeto de sus preocupaciones. El
síntoma confunde la anomalía de una sensación y la existencia de un cuerpo. Es
una modificación intensiva, excitación, estremecimiento, sensibilidad fugaz,
descarga, al mismo tiempo que una designación del lugar donde se produce, la
verga.
De ahí esta contradictoria
descripción del síntoma, a la vez desagradable y bienhechora, sensación
accidental penosa y manifestación tranquilizadora, de la que no puede pasar.
Si intentamos utilizar el argot
peirciano se diría que el síntoma afecta al sujeto en su “primeidad” bruta; que
tiene una relación necesaria con un objeto, que testimonia (“secundidad”); pero
que la significación de esta relación permanece prohibida (en el sentido del
asombro y no del rechazo) por la carencia de “terciedad”, la falta de
“interpretante”. El síntoma es un “percepto”; no se lo puede considerar como un
hecho psicológico. Jeremías lo describe como un elemento físico, una evidencia
inmediata, un acontecimiento superficial más próximo de un mecanismo o de un
choque que de una imagen; una sensación acortada. Como dice Peirce: “La
experiencia directa no es ni cierta ni incierta, porque no afirma nada, ella
es, pura y simplemente. Están las ilusiones, las alucinaciones, los sueños.
Pero no hay error que concierna al hecho de que aparecen realmente, y la
experiencia directa significa simplemente esta aparición. No implica error
porque ella solo testimonia su propia aparición...” [2].
Podríamos pensar que el
“síntoma” es un “icono” del objeto peniano. Aparecería representando la verga,
de golpe reconocible. Pero muestra, más bien, una lógica del “indice”; indica
que hay algo, que Jeremías no esta a la altura de comprender si no es de una
manera negativa, cuando el “síntoma” desaparece, arrastrando con el un elemento
indispensable. De golpe él experimenta esto con una mezcla de curiosidad, de
angustia y de perplejidad, en proporciones variables.
Las figuras implicadas por el
síntoma forman, en un momento dado, una especie de “señal”. Y de cierta manera
permanece ilocalizable, puede estar limitada al prepucio (pero desconfiaremos
aquí de la interpretancia del análisis, prisionero en su propia contextualidad
judaica), o al contrario puede extenderse al miembro entero, en un esbozo de
erección, o de crisis, un “aura”. “Mi síntoma” podría tender, entonces,
asintóticamente al pene de Jeremías, simplemente identificable por que se lo
sufre esporádicamente. Esta manifestación de ser fenómeno liminar, permite un
reparto, sobre la escena corporal, entre los elementos de una máquina deseante
primitiva. Desde ese punto de vista el pene no es diferente del pulgar
succionado por el niño cuando convierte a su dedo en sucedáneo del pezón por su
placer autárquico. Pero no se trata, aquí, del montaje bucal primitivo del
autista -reducible, según Tustin, a las relaciones de la mucosa de la mejilla
con la lengua-, sino de un agenciamiento que pone en juego al menos tres
términos físicos: la mano, el pene y los ojos. La posición de la mirada es, por
todas partes, equivoca: Jeremías parece vacilar continuamente entre las
tentaciones de verificar el “síntoma”, de darlo a ver o de hablar de el como de
un sentimiento virtual un poco molesto, y no actualizable. De ahí que evoque en
la sesión como a un tercero que estorba, que obliga al secreto, o a la
discreción.
El que Jeremías pueda
permanecer exterior a lo que adviene a esa parte de su cuerpo, será verificado
más tarde, en la cura, por una situación insólita. Una mujer africana,
educadora que encuentra en un centro, lo arrastra a su lecho, toma la
iniciativa de una relación sexual que él afronta no sin dificultades. Ella lo
masturba, él le hace la fellatio, al fin obtiene la erección; pero a pesar del
estado de su verga no ansía penetrarla y el poco placer que siente en su
excitación se mezcla con el sentimiento de ser tratado “como un objeto”, de
manera “vulgar”, sin haber sido consultado suficientemente. Esboza igualmente
una hipótesis paranoica para explicar que haya llegado a esto: esta mujer, como
todas las negras, estaría orgullosa de “ofrecerse a” un blanco, evidentemente
ella lo considera superior. El simplemente es reticente a ofrecerle lo que ella
reclama: y el juego de la relación le aparece aún más extraño a su cuerpo. Pero
también, recurriendo a una “denegación” más clásica, me describe su disgusto
por la vulva, fea y repulsiva. Sueña con mujeres que se apoderan de él y lo
“vaginan”; o que presentan un sexo de hombre debidamente erecto. La escena
amorosa se juega entonces entre una mujer y un pedazo de su cuerpo, evitando
constantemente la anatomía de la amante puesto que Jeremías, satisfecho con los
generosos senos de su compañera, se aparta del espectáculo, preciso y obsceno,
del pubis y la entrada vaginal.
Será difícil afectar el
“síntoma” de un estatuto diagnóstico. El signo esta cogido necesariamente en un
agenciamiento de enunciación en el que quien escucha (mira, habla, interviene)
modifica continuamente los términos del montaje, las escenas, los ritmos, los
puntos de orientación, las referencias implícitas. Es decir que el “síntoma”
puede remitir a tonalidades clínicas diferentes. Depende, en parte, de que el
“terapeuta” derive hacia las cartografías ancladas del fetichismo o la
perversión, que vacile en el vertiginoso borde de “un agujero negro” autístico
o que reúna los pasajes más neuróticos de una escritura del cuerpo, sea bajo la
forma indiferenciada pero crítica de la epilepsia, sea en la pertenencia
histérica al régimen “significante”.
Pero el analista no es
evidentemente dueño de sus elecciones y materias de opción que se imponen a su
práctica ante cualquier decisión voluntaria, antes del “tiempo para
comprender”. Así se instauran, sin duda, las territorializaciones del
“síntoma”; el que sean necesarios para el progreso de la cura no los vuelve ni
previsibles, ni estructurales, y, menos aún, definitivos.
Si el estremecimiento prepucial
me lleva a trabajar los términos del código hebraico, las variaciones
talmúdicas, los fines y confines de la circuncisión, oriento el “síntoma” hacia
el terreno de la tradición religiosa, privándolo de su potencia interlocutora y
de su ubicuidad.
Si al pequeño agenciamiento del
“síntoma” lo insertara en la lógica de una diferenciación sexual, de las
binariedades del “tener o no” o del “ser y el tener”, lo obligaría a encontrar
su lugar en una semiótica de la castración fálica de la que tendría el rol
iniciático y simboligénico de un garante de la Ley.
Si me dejará tentar por la
investigación anamnésica y la búsqueda del trauma perdido, me aventuraría en el
laberinto de la historia familiar, las condiciones del nacimiento, las
disensiones y el divorcio de la pareja parental, la intimidad demasiado
yocástica entre la madre y sus hijos en el momento de su pubertad, las formas
reiteradas de un fantasma endogámico exigente, que anula cualquier encuentro
exterior al círculo familiar.
En el curso de las sesiones no
he evitado esos modos de lectura, pero he intentado no promoverlos como claves
de la interpretación general y multiplicar los modos de aproximación
pragmáticos del “síntoma”, a buena distancia de las cerraduras de la
significación. Las palabras de Jeremías me invitaban, en todo caso, a
interesarme minuciosamente en las cualidades del “síntoma”, en su
funcionamiento, sus ocurrencias, su duración, su evanescencia, su contexto y
sus “sustituabilidad”, cambiando de punto de vista y de curiosidad. Se trata de
saber como el sujeto se aprehende para producir sobre su cuerpo una economía de
satisfacciones y de placeres implicando al menos dos lugares, una fuente y un
punto de captura, quizá reversibles; y en un segundo momento, seguir las
frágiles cartografías que excentran esos agenciamientos más allá de los límites
del cuerpo, donde en él se constituye el “medio” originario[3]. El
destino del síntoma nos ocupa mucho más que su razón. El “como” se adelanta al
“por qué”, permitiéndonos imaginar elementos susceptibles de tomar el relevo de
esta señal, sea que aquella llegue a
faltar (con el inevitable cortejo de angustias ligadas a esta defección), sea
que el contexto no permita ninguna utilización dialéctica (ciertos encuentros
de Jeremías con mujeres me hacen irresistiblemente pensar en la descripción
antológica de la visita del “estudiante de lenguas” a la puta...)[4] .
Es así como, en una ausencia
inquietante del estremecimiento, que Jeremías descubre -habría que decir mejor:
“construye”, un nuevo “síntoma”-, el lo llama ..., la “sonrisa de un bebe”.
Jeremías aprende a provocarlo en el curso de sus pasantías en las guarderías,
que frecuenta durante dos años, con el pretexto de una sensibilización para
maestro puericultor. Esa sonrisa, tan vital para él como “mi síntoma”, tenía
para mi la ventaja de depender de otro, sea un pequeño otro, y del marco
institucional de un establecimiento; entonces de un agenciamiento más
“colectivo”. Lo que obliga a Jeremías a componerse con los usos y las normas,
las ideologías de las edades; a encontrar su camino en el dédalo de las
programaciones de la infancia, con sus trazos de comportamiento, gestuales y
afectivos, sus fronteras incestuosas. La sensibilidad consensual que resentía
alrededor suyo parecía tributario de la actualidad social, del juego de poderes
políticos, y de la impregnación constante de los acontecimientos mediáticos: la
Marcha blanca en Bélgica, las campañas anti-pedófilas en Francia, el cerco a
los pederastas en la red Internet. Muchas veces, cuando Jeremías me contaba el
intenso placer de sus juegos con los más pequeños, yo temía que alguien no le
diera el sentido de una mala conducta sexual, o estuviera tentado a la
denuncia. Pero, al mismo tiempo, medía las contrapartes benéficas de ese cambio
de conducta: lo que se producía como nuevo “síntoma” necesitaba una
multiplicidad de rodajes, atravesaba códigos jurídicos, la interacción
libidinal polimorfa con el eros infantil, el montaje de coordenadas
espacio-temporales de un lugar de acogida, los cuidados de una responsabilidad,
del lado de los “profesionales”, en el contacto con los padres.
Algo se moviliza también en el
dominio del “gozo”. El estremecimiento de la verga, aún si había sido
constantemente exigible, era más inquietante. La “sonrisa de un bebe” al
contrario, era la causa de un placer ilimitado, y cuando Jeremías lo contaba
(“estoy todo el día como sobre una pequeña nube”) estaba alegre. No dudaba de
su complicidad inmediata y profunda con ese pequeño. Le prestaba sus propias
sensaciones y creía experimentar las suyas. La sonrisa se esbozaba
simultáneamente sobre los dos rostros. Los gestos del bebe calcaban los que el
proveía, o que el mismo iba a realizar. En todo momento el niño le arrebataba
el primero de los movimientos, o de las emociones. Pero Jeremías no parecía
preso en el juego de semejanzas, de la reproducción, de los simples mimetismos
de la rostrosidad. En esos momentos intensos, transitaba hacia el niño que
parecía tender hacia él o invitarlo. Se hacía un encuentro a medio camino, en
el entre-dos de un “devenir”.
Vemos, sin embargo, que durante
ese recorrido Jeremías arriesgaba caer en los ardides de un diagnóstico, o en
los cepos del Código Penal. Será remitido, en el instante que sigue a su
demanda, de una guardería judía donde tenía “más comprensión”; por primera vez
se le significará que “los niños no están ahí para cuidarlos”, y que “hay
psiquiatras para eso”. Su caso parece litigioso a priori, puesto que en Paría el único puericultor diplomado
representa la excepción, por todas partes muy mediática, a la regla y los
asuntos de bebes, cuando interesan a los hombres, evocan las ansias amenazantes
de la pedofilia, los peligros inminentes de un paso al acto. Muchas veces he
tenido que jugar el papel de mediador ambiguo, cuando le explicaba a Jeremías
lo que la gente podría pensar de los gestos que yo sentía útiles para los dos
miembros de esas relaciones sin equivoco[5].
Pues, el bebe, Zacarías, que
sonreía a Jeremías, solo le sonreía a él. Este último, lo había elegido porque
le parecía que los otros adultos lo habían dejado en un relativo abandono; y
este niño permanecía poco móvil, sin mímica, ni llanto, ni gritos, respecto a
los otros niños. Jeremías nunca evoca, para hablar de ese extraño
comportamiento, la palabra “enfermedad”. Pero este aislamiento -observa- cambia
con la “sonrisa”. Zacarías deviene un niño como los otros, con los otros,
pequeños o grandes. Va más allá de su círculo inicial y la formación precaria
de una pareja, el síntoma se enriquece con otras acciones, que contagian toda
la guardería: mímicas, gestos, inicios vocales o canturreos. El “síntoma” del
uno hace “síntoma” para el otro, después se difunde como moneda de cambio, en
una economía de “cuidados” inasignable.
Pertenecería al colectivo de la
institución contar con esas posibilidades procesuales y evitar, cargándolos de
infamia, prestarle irrevocablemente a esos juegos las apariencias de un delito
o los signos evidentes de un crimen: ultraje, abuso o violencia. En un espacio
publico donde la censura obsesiva de un Superyó invasivo precede, y de lejos,
las taxonomías de los pedagogos, psiquiatras, médicos de familia, expertos en
sexualidad o “deseo inconsciente”, solo la anomía candida de Jeremías le ha
permitido hasta ahora evitar las quiproquos y sufrimientos de la culpabilidad.
[1] .- Traducción al español del grupo de trabajo
de la revista “Sé cauto”, Cali, junio
del 2000.
[2].- Citado por Gérard Deledalle: Lire Peirce aujourd’hui. Ed. De Boeck,
Bruxelles, 1990, p. 150.
[3].- Estas nociones de “centro”, “agenciamientos” y
“medio” están ampliamente expuestas en Mil
Mesetas de G. Deleuze y F. Guattari, Minuit, p. 584.
[4].- Le
schizo et les langues, Louis Wolfson, Gallimard.
[5].- Más generalmente, el temor a las mezclas y los
contagios frecuentemente ha provocado polémicas, y ha retardado el montaje de
juego-aproximación entre niños “normales” y adultos psicóticos (guardería de
niños del personal en la clínica La Borde, en el Loir-et-Cher) o niños
minusválidos y autistas (guardería de la Maison Dagobert, jardín de niños de la
escuela Gulliver, en París XII).